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PRENSA INTERNACIONAL: Bolivia en crisis: un conflicto que escala sin horizonte de solución

Bolivia cumplió más de un mes de protestas intensas y bloqueos de carreteras que paralizaron buena parte del país. Diversos sectores, campesinos, obreros, organizaciones indígenas, mineros, transportistas, liderados principalmente por la Central Obrera Boliviana (COB), además de grupos afines al expresidente Evo Morales. Tras ya cumplidos 34 días desde el inicio de las manifestaciones y […]

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Bolivia cumplió más de un mes de protestas intensas y bloqueos de carreteras que paralizaron buena parte del país. Diversos sectores, campesinos, obreros, organizaciones indígenas, mineros, transportistas, liderados principalmente por la Central Obrera Boliviana (COB), además de grupos afines al expresidente Evo Morales.

Tras ya cumplidos 34 días desde el inicio de las manifestaciones y bloqueos, lejos de disminuir, la tensión aumentó con el paso de las semanas y configuró un escenario cada vez más polarizado, donde las posiciones se endurecieron y los canales de diálogo están cerrados.

El propio presidente Rodrigo Paz reconoció la gravedad del momento y afirmó que Bolivia enfrentó “la batalla de las batallas”. En ese contexto, acusó directamente a organizaciones vinculadas al narcotráfico de financiar las movilizaciones.

Sostuvo que detectaron recursos provenientes de zonas productoras de drogas que habrían alimentado las protestas, con el objetivo, según dijo, de socavar la democracia y el orden constitucional. Además, denunció la existencia de una campaña de desinformación, tanto interna como externa, que buscó profundizar las divisiones dentro del país.

Estas declaraciones se produjeron en medio de la crisis política que ya le está costando nombres al propio gobierno. En pocos días, renunciaron el ministro de Defensa, Marcelo Salinas, y la ministra de Educación, Beatriz García, a lo que se sumó la salida previa del ministro de Trabajo.

Aunque no se entregaron explicaciones detalladas, el contexto resultó evidente. Las tensiones internas aumentaron y la presión por la gestión de la crisis terminó por debilitar al gabinete. En paralelo, el ejecutivo comenzó a mostrar un giro hacia una estrategia más dura en materia de seguridad.

Ese giro se consolidó cuando el congreso eliminó una norma que limitaba las atribuciones presidenciales para decretar estados de excepción. Con ese cambio, el gobierno despejó las trabas burocráticas para desplegar las Fuerzas Armadas en tareas de control interno y a la restricción de libertades como la reunión y el movimiento.

Además el presidente envió una propuesta para regular estos estados de excepción, con el objetivo de garantizar el abastecimiento de alimentos, combustibles y medicamentos, y de despejar rutas bloqueadas.

Sin embargo, la oposición, los sindicatos y los movimientos sociales rechazaron esta iniciativa. Denunciaron que el gobierno intentó legalizar la represión y criminalizar la protesta social.

Desde su perspectiva, la medida no busca resolver el conflicto, sino consolidar un control más estricto sobre la población movilizada. Esta disputa terminó siendo la gota que rebalso el vaso y bloqueo cualquier posibilidad de diálogo efectivo.

El bloqueo y la falta de diálogo empuja la búsqueda de otras salidas a la crisis

Mientras tanto, el impacto de los bloqueos se hace cada vez más evidente. Varias regiones quedaron aisladas, especialmente en el eje central del país, y el sistema de salud entró en estado crítico. Hospitales reportaron escasez de oxígeno, insumos médicos y medicamentos.

Más de 50 toneladas de fármacos quedaron varadas en las carreteras. Las consecuencias ya son dramáticas para muchas familia. Ya se cuentan, al menos 13 personas fallecidas en este contexto, la mayoría debido a la falta de atención médica a tiempo.

Los casos más graves son los de dos niños de 12 años en estado crítico que terminaron perdiendo la vida al no lograr recibir asistencia médica oportuna.

En el origen del conflicto aparecieron demandas económicas, pero rápidamente el movimiento adoptó un carácter político. Las organizaciones denunciaron la incapacidad del gobierno para controlar la inflación, la devaluación y la escasez de combustibles.

También criticaron que las políticas económicas trasladaron el costo de la crisis a los sectores más vulnerables. Con el paso de los días, las demandas se unificaron en una exigencia central: la salida del presidente.

El diálogo actualmente está fracasando. Los sectores movilizados se negaron a participar en instancias convocadas por el ejecutivo, la Iglesia y el congreso. Argumentan que no existen condiciones mínimas, especialmente por la existencia de órdenes de captura contra dirigentes sindicales.

Denunciaron persecución política, represión y uso del sistema judicial para desarticular la protesta. En ese contexto, exigen garantías, amnistías y el fin de las acciones penales como requisito previo para cualquier negociación.

En paralelo, surgieron propuestas para intentar destrabar la crisis. Una de ellas es la propuesta del diputado Carlos Alarcón quien planteó adelantar un referéndum revocatorio para decidir la continuidad del presidente.

La iniciativa buscó canalizar el conflicto a través de una salida institucional. Sin embargo, no lográ el consenso necesario, algunos sectores apoyan la idea como una alternativa democrática, otros la rechazaron e insisten que la única salida posible fue la renuncia inmediata del mandatario.

Todo esto, sumado a una crisis que se viene fraguando hace varios años, está llevando el contexto económico a un escenario extremadamente complejo.

Bolivia enfrenta una contracción del PIB proyectada en más del 3%, un déficit fiscal elevado y una inflación que alcanzó niveles no vistos en décadas recientes.

A esto se sumó la caída de las reservas internacionales y la escasez crónica de combustibles. El modelo económico que sostuvo estabilidad durante años comenzó a mostrar signos claros de agotamiento, en parte por la falta de inversión en sectores estratégicos como el gas.

Así, la crisis boliviana es resultado de una fractura política profunda que está empujando a la frágil economía a un escenario catástrofico.

No se trata de una simple división entre izquierda y derecha, sino de una ruptura dentro del propio bloque político y social que dominó Bolivia durante años y también una falta de cohesión y proyecto político del gobierno actual.

En perspectiva histórica, Bolivia ya vivió crisis severas, como la Guerra del Gas en 2003 o el conflicto político de 2019. Sin embargo, el escenario actual presenta características propias que hacen rememorar esos complejos periodos. Una crisis económica acelerada, una fragmentación política profunda y un gobierno que perdió apoyo en pocos meses.

Si bien aún no se puede hablar del mismo nivel de violencia institucional que en episodios anteriores, si existe una combinación de factores que generaran una situación de alta inestabilidad que parece estár lejos de resolverse.

Hoy, el país enfrenta una crisis simultánea en múltiples dimensiones, económica, social, política y energética. Mientras el gobierno ha dicho que pronto habrá una solución, los sectores movilizados insisten en mantener las protestas y prometieron abrir corredores humanitarios. El futuro inmediato está abierto, marcado por la incertidumbre y por el riesgo de que la crisis continúe profundizándose.

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